Naufragio


Texto: Alejandro Mardones
Ilustración: Ana Fernández 
(@Lusaneartisan)

Espero sentado sobre un taburete escuálido. Miro al suelo, cabizbajo, mientras mi rodilla izquierda no deja de temblar. Las baldosas de tonos grisáceos me recuerdan a las que adornaban la cocina del pueblo. El mercado se sostiene por columnas altas y anchas, los ladrillos colocados en filas horizontales parecen soportar bien el peso de una ciudad tan grande.

He pedido una pequeña botella de agua, olvidé traerme una de casa. Enciendo y apago el móvil esperando el vibrar de algún mensaje. Grandes ventanales dejan entrar la luz de un caluroso sábado de principios de junio. No hace ni dos semanas que terminé mi último examen. Lo celebramos en casa de un amigo de la facultad. Había decorado el salón con cervezas, vasos y algún tímido globo no del todo hinchado. Flotaban apenados por la estancia. Desde fuera, cualquiera diría que yo también me comportaba como uno. La noche ya se había adueñado de la fiesta y a mí no me sienta del todo bien el alcohol.

Avanzaba por el pasillo central del piso con cierta pesadumbre, entraba en el pequeño baño de color azul por hacer pasar el tiempo más rápido. Me miraba al espejo y me decía en voz baja que en media hora me iría. Dejaba una cerveza a la mitad y cogía otra nueva, solo para poder demostrar a mis amigos que seguía bebiendo y que me lo pasaba bien. Al cuarto intento conseguí reunir fuerzas suficientes como para recoger el abrigo de un perchero alto y dorado a la izquierda de la puerta principal.

Fue entonces cuando choqué con él. Se le cayeron las gafas de sol y a mí la lata de cerveza. El estropicio fue grande. Fuimos juntos a buscar una bayeta en esa cocina minúscula y grasienta. Mientras abríamos cajones y más cajones, alguna risa tímida se nos escapaba entre comentarios negativos hacia el penoso apartamento en el que nos habían encerrado. Limpiamos juntos el suelo y antes de levantarnos me pidió que no me marchase, que me tomará una más. A partir de ese ruego, de esa mano que me coloca un vaso de tubo transparente y dos cubitos de hielo, mi vista se torna borrosa. Solo es capaz de vislumbrar una nariz curiosa que mira siempre hacia arriba, unos brazos cubiertos por el vello profundo y oscuro, unas gafas finas y doradas, pequeñas, repletas de manchas imperceptibles salvo para el ojo curioso.

El mercado se encuentra poblado de gente. Personas de todas las edades cargan con bolsas verdes y anchas. Algunas se han acordado de traer una de tela de casa y trato de entretenerme con los dibujos. No sirve de mucho. Siento como muchas de esas miradas se me clavan con disimulo. Me balanceo con el taburete. Golpeo de forma rítmica contra la mesa negra y redonda. Juego con el servilletero. Me agobio. Vuelvo a sacar el móvil. El último mensaje que tengo de él es de anoche, tarde. Me pregunta si me apetece quedar en el Mercat de Sants, antes de comer, a eso de la 13. Me da vergüenza leer el escueto mensaje que le envío en respuesta confirmando nuestra primera cita y repaso nuestra conversación. En dos semanas no nos ha dado tiempo a mucho. Nos hemos enviado alguna foto, varios audios, puedo reconocer dos o tres conversaciones largas que no tuve que iniciar yo.

Desde aquella fiesta en la que me pidió el número no he dejado de revisar el móvil ansioso, se ha convertido en extensión de mis dedos. Se mueven rápido, los froto entre sí. Cada vez que tienen que escribir, se piensan la respuesta durante unos segundos, a veces tardan minutos. Compruebo que no he recibido ningún mensaje nuevo y vuelvo a inspeccionar el terreno. Dos mujeres conversan mientras un tercer hombre cubierto de sangre pesa el pescado sobre la balanza. Sus dedos anchos parecen no fallar con las minúsculas teclas. El líquido cobrizo gotea de sus guantes azules y salpica el papel blanco que envuelve lo que puede ser una merluza. Tal vez sean filetes de salmón. Voy moviendo la mirada de un lugar a otro.

Un niño que estira del vestido de flores de su abuela; una pareja joven que comprueba la madurez de unos tomates rojos y grandes; un hombre solitario, a dos mesas de mí, que apura su botellín y se levanta. También me incorporo yo, nervioso perdido. Agarro la botella ya tibia y doy otro trago. Con la otra mano enciendo el móvil. Hemos quedado hace siete minutos, pero claro, la imprecisión del mensaje me podría dejar como un paranoico, un ansioso, si me molesto porque llegue diez minutos pasada la una de la tarde. Juego con el agua en la boca y me dejo aun lo que podría sen tres o cuatro tragos. Hago girar el tapón con prisa, intentando que el tiempo no se dilate tanto. Arrastro el taburete y me concedo algo de espacio para respirar más tranquilo.

El andamiaje grisáceo, azulado, del mercado parece fuerte. Unas líneas finas consiguen darle estructura a todo este edificio, permiten habitarlo sin preocupaciones. Llegados a este punto, dudo que incluso el acero más fuerte del planeta pudiera mantenerme en pie. Las rodillas tiritan, las palmas sudan y lanzo la mirada desesperada a los puestos iluminados del mercado, esperando que alguien la rescate. Una mano morena se agita en el aire, atada a un chico alto, vestido con camisa blanca desabrochada y sandalias nuevas. Se apoya sobre esas cajas verdes de plástico duro que sirven para guardar las verduras. Aprieto la botella con ambas manos. Vuelvo a colocar el taburete en su sitio y abandono la que ha sido mi caseta de vigilancia esta última media hora. Pronto otra persona la ocupará. Se pedirá algo para beber, tal vez sea más atrevido que yo. Esperará sentado a que su cita atraviese el mercado y, nervioso, dará un paso después del otro.

Con suerte, no se tropezará como acabo de hacer yo. Mis piernas se enredaron y él aún se encontraba demasiado lejos como para recogerme. La caída no fue muy aparatosa. Mis dos rodillas golpearon contra las baldosas del mercado, pero mis manos consiguieron amortiguar ligeramente el impacto. Tuve que soltar la botella de agua, que ahora rodaba desparramando el líquido por todo el mercado. Trato de incorporarme, pero resbalo antes de poder saludarle. El sonido de los pasos me resulta gracioso, como si chapotearan. Tras unos minutos de confusión, los gritos nerviosos se abren camino hasta mis oídos. La gente busca, apartando el agua con los brazos, sus cestas que ahora flotan a merced de la corriente. Veo algunos palés flotando a la altura de mi cintura, algunas cajas dadas la vuelta y vacías. Busco esas gafas que momentos antes me tranquilizaban el corazón, pero las pierdo entre una multitud enloquecida que se sube a hombros a aquellos pequeños que aún no han aprendido a nadar.

Pasan las horas y el agua que inunda el mercado me obliga ya a mantenerme a flote. Me he quitado los zapatos para que me resulte menos pesado mover las piernas constantemente. De vez en cuando atravieso la superficie y trato de encontrar algo que llevarme a la boca, ya se está poniendo el sol. Buceo con dificultad. No dejo de encontrarme con sillas que parecen querer golpearme, con utensilios de cocina a cada cual más afilado. Debo tener cuidado de no mover muy rápido los brazos por si golpeo sin querer algún objeto del mercado que, por naturaleza, no sabe desenvolverse en la mar.

Buscándole por todo el edificio he acabado separándome de aquellos que aún trataban de recuperar sus pertenencias y de buscar algo que les mantuviese a flote. Casi por fuerza del destino he acabado en el modesto puesto que me acogió cuando estaba nervioso esta mañana. Veo como el taburete y la mesa ya han desaparecido. Espero que alguien pueda darles buen uso. Desesperado, llevo a cabo una última inmersión. Con los pies y las manos ya arrugadas, avanzo por debajo del agua hasta alcanzar el mostrador del bar. Salto la barra y comienzo a rebuscar por los cajones. Con poco aire ya descansado en mis pulmones descubro una nevera plateada y estrecha en lo que parece ser la antigua cocina de este sitio. La presión dificulta la tarea, pero consigo abrir la puerta y cogerme algo de hummus, dos tarrinas de ensaladilla rusa y una lata de aceitunas que me encuentro de camino a la superficie.

Descanso boca arriba sobre el agua, relajando la respiración, viendo como mi pecho se infla y se desinfla. Las luces del mercado por supuesto ya no funcionan. Deben ser ya las nueve de la noche. Las ventanas del edificio se tiñen de un azul oscuro que nos impide apreciar el exterior salvo por un par de estrellas que se asoman para ver lo que pasa. Le he seguido buscando, pero me ha sido imposible.

El mercado está abarrotado de cuerpos, de objetos, que flotan y se mueven con rapidez. Bostezo con fuerza y creo que es hora de buscar un sitio sobre el que descansar. Reconozco aquella frutería de techos altos que todavía nadie ha tratado de ocupar. Las articulaciones se resienten, pero consigo escalar lo poco que queda sin cubrir por el agua de aquellas paredes marrones y robustas. Antes de cerrar los ojos, compruebo que el agua se mantiene lo suficientemente lejos como para permitirme dormir unas horas. Mañana volveré a intentarlo.

El tiempo se hunde y las pequeñas olas comienzan a golpear por encima de los letreros de los puestos. Me encuentro en la obligación de improvisar barcas constantemente, no tengo fuerzas para nadar tanto como hace días. Algunos materiales se pudren y debo abandonarlos, algunos muebles son demasiado grandes como para avanzar por pasillos concretos. Por suerte el agua obliga a todo objeto que pese, cada vez con más fuerza, a salir a flote. Entonces me agarro al palé de turno y me dejo arrastrar por la corriente, manteniendo los ojos bien abiertos. Por el camino, compruebo como los peces se han adueñado del lugar. El nuevo ecosistema rebosa de vida. Una pequeña tortuga me hace compañía durante unos minutos y acaba por fundirse con el color oscuro del fondo.

Tras un paseo poco fructífero, me agarro a una de esas barras de metal que sostienen el techo y cojo altura. Apoyado con cuidado sobre una de las vidrieras, recojo una panorámica del lugar. Veo algunos padres que aún son capaces de reír con sus hijos, de saltar desde pequeños tejados, de rescatar algún juguete improvisado. Otras mujeres y hombres, con los rostros más apenados, agrietados por la sal, parecen seguir buscando, como yo, a algún ser querido extraviado en el naufragio. Dibujan las brazadas con lentitud, esquivando fácilmente los obstáculos que brotan del subsuelo.

Aquí cerca, donde se encuentra la salida principal, veo un cuerpo arropado por una camisa blanca y arrugada flotar boca abajo. Temo lo peor y salto de cabeza, buscando llegar lo más rápido posible. Me quedan unos pocos metros, pero algo bajo el agua hace girar el cuerpo y la luz de la media tarde baña su rostro hinchado. Puedo comprobar que no es él, que aquella no es su nariz, que aquellas no son sus gafas, pero el alivio no dura lo suficiente. Abandono el cadáver al movimiento errático de las pequeñas olas y buceo, buceo profundo. Busco algo que calle este estruendo que habita en mi estómago. Algo que me permita dormir más de cuatro horas seguidas sin que se desarme. Algo afilado que elimine estos pelos cortos y claros que me pican de la cara. Sobre una mesa de plástico rasgada por el logo de una marca de cervezas famosa dejo descansar el rostro. Sin querer trago agua. Está salada. Trato de dormir.

Era verano y yo todavía no había besado a ningún chico. El abuelo acababa de morir y todos nos habíamos acercado al pueblo durante el fin de semana. Los adultos hablaban con una voz lenta, arrastraban las consonantes. En aquel entonces no entendía esa pesadumbre, puede que no comprendiera tampoco lo que significaba estar muerto. No era ajeno, sin embargo, a esa pequeña bola que se te forma en el estómago. No me apetecía jugar a las cartas, no podía abrir un libro, dormir me resultaba aburrido. El pequeño rincón de playa que ocupaba toda la familia, con sombrillas de colores, apurando botes de crema de hace años, llenando los bocatas de arena, estaba secuestrado por la pena.

Unos cuerpos vacíos se movían de un punto a otro, sin alejarse demasiado unos de otros, buscando algo que parecían haber perdido. Metí los pies en el agua fría y no pude evitar encogerlos. Ni siquiera los cangrejos aquel día se asomaron a saludar. Recuerdo mis venas ligeramente marcadas, una piel que comenzaba a teñirse, un bañador negro, sencillo, de luto. No pensé demasiado y dejé que las olas me tragaran. Buceé un rato, pero me comenzaron a doler los oídos. En la superficie ingrávida mi cuerpo no pesaba. Los pies salían a flote, las palmas de las manos miraban al sol y, si controlaba mi respiración, podía decidir si mi pecho se hundía o se secaba.

Traté de formular en alto algún pensamiento, pero la marea se lo llevó. Aquí, en el agua, todo parecía verse arrastrado. Decidí continuar con el nado, teniendo como objetivo aquella boya amarilla que mi abuelo llegaba a tocar todos los fines de semana. No percibía el cansancio: las piernas se deslizaban con calma y los brazos parecían hacerse amigos de la corriente. A medio camino supuse que algunos gritos me estarían buscando. Esos gritos que seguro lanzaban mi madre, mis tíos y tal vez también mi abuela ante la angustia de mi desaparición. Me encontraba tan lejos, sin embargo, que no me podía ni permitir el lujo de obviarlos. ¿Se abrían tirado al agua? ¿Me estarían buscando entre las rocas, como yo buscaba a los cangrejos?

Seguí avanzando. Cuando quise detenerme para recoger un poco de aire, la línea de la playa ya se había difuminado mucho. Estaba tranquilo. Mecido por la corriente las emociones no pesaban. Con la cara contra el sol traté de imaginarme a mi abuelo nadando. Traté de dibujar como el omóplato se desencajaba, como la cadera se torcía levemente hacia un lado y hacia otro. El abuelo mantiene la respiración controlada y yo hago lo mismo. Le veo alejarse, llegar hasta la boya y volver. Da la vuelta con rapidez, con determinación. Yo le espero aquí, recuperando el aliento, buscando subirme a su espalda. Buscando juguetear con esos pelos blancos que se mueven como algas, buscando que le cuente al resto de la familia lo divertido de la aventura. Se me resecan los labios, pero no importa, está llegando. Está a un palmo de distancia.

Abro los ojos con dificultad. La piel me tira y me escuece. El salitre blancuzco consume mi moreno improvisado. Me incorporo y enseguida estrello mi cabeza contra el techo del mercado. Solo un palmo de distancia me separa del ladrillo cobrizo. No recuerdo el tiempo exacto que llevo aquí encerrado, el agua ya se comió las marcas que dibujé sobre el muro. La barba se adueña de mi rostro, queda poco de aquella camiseta a rayas con la que entré y puedo contar cada una de mis costillas. Debo llevar meses, muchos meses viendo como el agua se lo traga todo; solo este sueño que rememora mi niñez parece perdurar cada noche. Todavía hay alguna lata de conserva que flota, todavía hay algunos peces que juegan con cuchillos ya oxidados.

Respiro con dificultad, rasgando con las uñas las últimas bocanadas de aire que me quedan. Trato de cerrar los ojos, pero no recupero ese sueño, no soy capaz de apresar en la mente una espalda ancha y anciana, una línea de playa alejada, una familia preocupada por mí que me llama y a la que acudo, a la que vuelvo. Aquí no queda nadie sobre quien subirse, ninguna línea de horizonte que no esté bañada por el mar, ninguna persona visiblemente alterada, nerviosa, preocupada. Abandono los trozos de madera que me han servido estos días de colchón, ya podridos. Desinflo los pulmones, el pecho se hunde y el corazón baja el ritmo, sin prisa ya por llegar a ningún lado. En el mar nada pesa, recuerdo, y el agua me abraza. Cuanto más profundo desciendo, más dificultades tiene la luz para atravesar la densidad del medio.

Un rayo escurridizo consigue colarse e impacta sobre unos cristales resquebrajados y pequeños. Me deslumbran. Bajo el agua, entre los escombros, una mano inerte ondea a merced de las tímidas corrientes. Como una boya amarilla, se mantiene firme en su posición, esperando a ser arropado. Su camisa blanca sigue ahí, desabrochada, y los brazos, ya de un color indescriptible, me llaman como en aquella fiesta. Doy alguna brazada, como mi abuelo me enseñó, y avanzo con calma. Esta vez seguro, decidido, buscando su cuerpo. Sus piernas se encuentran apresadas, pero el torso aún tiene cierta movilidad. Rodeo su cuello con ambos brazos y nuestras narices se rozan. Tiene los ojos abiertos. Nos encontramos a una distancia similar a la que nos separaba mientras fregábamos el suelo. Nuestras manos se tocaron, pero esta vez no rehúyo su piel, salada y abierta. Comparto mi última bocanada de aire con él y, tranquilos, disfrutamos finalmente de nuestra primera cita.

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