La cadena alimentaria, definida como el conjunto de procesos que abarca desde la producción agrícola hasta el consumo final, es una estructura compleja que garantiza el suministro de alimentos a la población mundial. En este engranaje el papel de las mujeres ha sido históricamente esencial, aunque sistemáticamente invisibilizado. En contextos rurales y urbanos, las mujeres participan activamente en la agricultura, el procesamiento de alimentos, la distribución local, la comercialización informal y la gestión de la alimentación en los hogares. (Briz, J., de Felipe, I. 2011)
A pesar de su protagonismo, las mujeres se enfrentan a barreras estructurales que dificultan su plena participación en condiciones de igualdad. Desde el limitado acceso a recursos productivos hasta la exclusión en espacios de decisión, estas desigualdades no solo vulneran los derechos de las mujeres, sino que comprometen la eficiencia, sostenibilidad y equidad del sistema agroalimentario. Analizamos el rol de las mujeres en la cadena alimentaria, sus principales desafíos y las estrategias necesarias para fomentar su empoderamiento, en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), particularmente el ODS 2 (Hambre cero) y el ODS 5 (Igualdad de género).
La cadena alimentaria está formada por una serie de eslabones, desde la producción al consumo, interaccionados a través de una serie de funciones tales como flujos de productos y servicios, flujo financiero y flujo información (Briz J, De Felipe I. 2013), y donde las mujeres participan de forma muy heterogénea, según su capacidad, su perfil socioeconómico y cultural y condicionantes externos e internos.
Las mujeres constituyen una parte sustancial de la mano de obra agrícola a nivel mundial. Según estimaciones de la FAO (2019) en los países en desarrollo representan hasta el 36% del empleo en el sector agrícola. Su participación es especialmente significativa en la agricultura de subsistencia, en la que cultivan alimentos básicos destinados al consumo doméstico y, en muchos casos, al comercio local.
No obstante, esta participación no se ve reflejada en el acceso a recursos productivos. Las mujeres poseen menos del 20% de las tierras agrícolas, y cuando las tienen, suelen ser parcelas de menor tamaño, calidad y seguridad jurídica (Quisumbing et al., 2014). Esta brecha limita su capacidad de inversión, su acceso al crédito y su independencia económica.
Las mujeres lideran actividades de procesamiento de alimentos, tanto en espacios domésticos como comunitarios. Estas tareas incluyen la transformación de granos, la conservación de frutas y verduras, la elaboración de productos artesanales y la preparación de alimentos para venta informal. Este tipo de trabajo agrega valor en la cadena alimentaria, pero suele desarrollarse en la informalidad, sin acceso a tecnologías modernas ni protección laboral.
En muchos países del Sur, estas actividades son fuente principal de ingreso femenino. Sin embargo, se encuentran limitadas por la falta de capacitación técnica, infraestructura inadecuada y normativas sanitarias difíciles de cumplir sin apoyo institucional.
Fuente: Elaboración propia.
En los mercados locales y ferias agroecológicas, la presencia de mujeres vendedoras es fundamental. Estas mujeres se encargan del transporte, venta y negociación de productos alimentarios, muchas veces en condiciones precarias. Además, enfrentan dificultades para acceder a espacios en mercados formales, debido a discriminación de género, falta de permisos legales o escaso acceso a capital de inversión (Doss, 2018).
La gestión de la alimentación en el hogar recae en gran medida en las mujeres. Son ellas quienes mayoritariamente planifican, adquieren, preparan y distribuyen los alimentos, además de educar a los hijos/ as en prácticas alimentarias y de salud. Este rol las convierte en agentes clave para la seguridad alimentaria y la mejora nutricional de sus familias.
Este trabajo de cuidados, aunque vital, es invisible y no remunerado. Representa una carga adicional que limita el tiempo disponible para actividades productivas, educativas, políticas, sociales… Su reconocimiento y redistribución es esencial para avanzar en la equidad de género.
Las mujeres enfrentan desventajas significativas en el acceso a tierra, crédito, tecnologías agrícolas, asistencia técnica y redes de comercialización. Esta desigualdad perpetúa un círculo de pobreza, baja productividad y exclusión social. Estudios indican que cerrar la brecha de género en el acceso a recursos podría aumentar la producción agrícola total en países en desarrollo entre un 2.5% y un 4% (FAO, 2011).
La formación técnica y profesional suele estar diseñada para hombres, tanto en su contenido como en sus horarios y metodologías. Las mujeres rurales, especialmente aquellas con baja escolaridad, quedan marginadas de oportunidades de capacitación y actualización tecnológica, lo cual limita su capacidad de innovación y liderazgo.
Las mujeres están subrepresentadas en cooperativas agrícolas, gremios productivos y espacios de decisión comunitaria. Esta exclusión impide que sus necesidades sean consideradas en la formulación de políticas agroalimentarias. La participación política de las mujeres en temas agrarios es indispensable para lograr sistemas alimentarios más equitativos y sostenibles.
La integración de las mujeres está vinculada, entre otros factores, al nivel de desarrollo de los países. Exponemos a continuación la situación a nivel global y, de forma específica en varios países, con especial atención a España. De Felipe, I, Zekri L. (2005).
En agricultura, África es el continente con mayor presencia de agricultura femenina. Las mujeres, según la FAO, hacen el 80% de las tareas agrícolas. Sus instrumentos son la azada y el arado. El origen suele ser que la emigración de los hombres deja las explotaciones en manos femeninas.
Sin embargo, en zonas de barbecho trabajan las mujeres y en las zonas intensivas, ambos.
En cuanto a la situación familiar, en la poligamia, un hombre con varias mujeres puede cultivar más tierra, producir más y ser más rico, por lo que se produce una correlación inversa entre mano de obra asalariada y mujeres en el hogar.
En la industria en el hogar, las mujeres fabrican alfombras, colchas, cerámica, platos preparados, batik. En estos temas, la edad suele ser un factor de discriminación positiva, pues las niñas empiezan muy pequeñas a colaborar en los trabajos de la familia y las de más edad se consideran expertas.
En países árabes las mujeres realizan entre un tercio y una cuarta parte del trabajo en industrias familiares, aunque la venta la suelen hacer los hombres. En Asia y Latinoamérica las mujeres venden lo que producen, generalmente en los mercados. En India las mujeres participan en la construcción, siendo habitual ver a una mujer embarazada subida a un andamio o con una pila de ladrillos en la cabeza. (De Felipe I, Casero A. 2006).
Asimismo, las mujeres se ocupan de los recursos genéticos vegetales y animales. Ellas producen, procesan y almacenan los alimentos, cuidan las semillas, las flores y las plantas medicinales buscando resistentes a enfermedades. En cuanto a la nutrición, sus productos están adaptados al suelo y al clima y suelen ser fáciles de cocinar. Por otra parte, están interesadas en el mantenimiento del medio ambiente, del cuidado del agua y de la vegetación.
Según organismos internacionales (FAO/ONU), las mujeres constituyen un 37% del empleo rural a nivel mundial, llegando al 48% en países de bajos ingresos y representando el 36% de la fuerza laboral global en sistemas agroalimentarios (producción, procesamiento, distribución). Esta cifra ha bajado unos 10 puntos desde 2005.
En acuicultura, el 21% de las labores primarias las realizan mujeres y en toda la cadena de valor acuícola llegan al 50%.



El rendimiento de las tierras gestionadas por mujeres es un 24% inferior al de los hombres a lo que se une que las mujeres cobran solo 82 céntimos por cada euro que gana un hombre en el sector agrario.
Entre los principales obstáculos se encuentran:
¿Qué medidas pueden impulsar los cambios?
Los posibles impactos del cambio son:
En el caso de España, con datos de 2023, las mujeres representan el 29,6% de la mano de obra en todo el sector agroalimentario (producción, transformación y distribución).
Respecto a la evolución de las mujeres dedicadas a la agricultura, vemos los cambios anuales con una tendencia decreciente decisión en cooperativas y empresas. Asimismo, la capacitación y el emprendimiento mediante la formación e incentivos (PAC, ayudas autonómicas) son importantes para fortalecer su posición en la cadena. Finalmente, y no de menor interés esta la conciliación y corresponsabilidad, reconociendo el peso de la doble carga (labores domésticas y en el campo) que limita su desarrollo.

Respecto a la titularidad de explotaciones a nivel nacional, el 28,9% de las explotaciones agrarias tienen una mujer como titular, mientras que en 2016 eran el 25,8%. Solo el 23% de las explotaciones están en régimen de titularidad compartida.
Como brechas estructurales podemos señalar que las explotaciones dirigidas por mujeres son más pequeñas: en España poseen solo alrededor del 23% de la superficie agrícola útil. La participación en los órganos de decisión de las cooperativas es baja (9%), mientras que en aspectos laborales alcanzan el 46%, en tanto que los sectores masculinizados (vino, aceite, logística) limitan la presencia femenina a roles operativos, con pocas mujeres en puestos técnicos o ejecutivos.
Hay posibilidades de mejorar la situación, actuando a través de la propiedad y tamaño de la tierra con aumento de titularidad compartida y apoyo a las mujeres como jefas, fomentando el acceso a puestos de decisión en cooperativas y empresas. Asimismo, la capacitación y el emprendimiento mediante la formación e incentivos (PAC, ayudas autonómicas) son importantes para fortalecer su posición en la cadena. Finalmente, y no de menor interés esta la conciliación y corresponsabilidad, reconociendo el peso de la doble carga (labores domésticas y en el campo) que limita su desarrollo.
Empoderar a las mujeres dentro de la cadena alimentaria tiene impactos positivos medibles. A nivel económico, mejora la productividad, aumenta los ingresos y dinamiza las economías locales. A nivel social, reduce la pobreza, fortalece la seguridad alimentaria y mejora los indicadores de salud y educación infantil. A nivel ambiental, promueve prácticas sostenibles, ya que las mujeres están más involucradas en la gestión de recursos naturales y biodiversidad.
Además, múltiples estudios muestran que cuando las mujeres controlan mayores recursos, toman decisiones que benefician directamente al bienestar familiar (World Bank, 2012). Este enfoque interseccional entre género, producción y desarrollo refuerza la necesidad de estrategias integradas que reconozcan el valor del trabajo femenino.
Para revertir la exclusión estructural de las mujeres en la cadena alimentaria, es necesario implementar políticas públicas con enfoque de género y derechos humanos. Algunas estrategias clave incluyen:
Asimismo, los sistemas de estadísticas agrícolas deben desagregar datos por sexo, para evidenciar el aporte real de las mujeres y diseñar intervenciones más precisas. En tal sentido, resulta de interés analizar el tamaño de las explotaciones en función del género.
El papel de las mujeres en la cadena alimentaria es fundamental, pero su contribución continúa siendo subvalorada y obstaculizada por barreras estructurales de género. Reconocer, visibilizar y empoderar a las mujeres no solo es una cuestión de justicia social, sino una estrategia esencial para fortalecer la seguridad alimentaria, promover el desarrollo rural y alcanzar los ODS.
Briz, J., de Felipe, I. (2011) La cadena de valor agroalimentaria. Análisis internacional de casos reales. (Eds).: ISBN: 978 84 92928-07-1. Briz J, De Felipe I. (2013) Metodología y funcionamiento de la cadena de valor alimentaria. Un enfoque pluridisciplinar e internacional. Editorial Agrícola. ISBN: 978-84- 929928-23-1. De Felipe, I, Zekri L. (2005): “El papel de la mujer en el desarrollo de zonas rurales”. Pp.24-29. Cuadernos internacionales de Tecnología para el desarrollo humano. Nº 04. ISNN: 1885-8104. De Felipe I, Casero A. (2006). El papel de la mujer en el desarrollo, en “El Fin del Hambre en 2025”. Pp.391-412 Mundiprensa. Madrid. ISBN 84-8476-283-1. Doss, C. (2018). Women and agricultural productivity: Reframing the Issues. Development Policy Review, 36 (1), 35-50. FAO. (2011). The State of Food and Agriculture 2010–11: Women in agriculture—Closing the gender gap for development. Roma: FAO. Quisumbing, A., Meinzen-Dick, R., Behrman, J., et al. (2014). Closing the Gender Asset Gap: Agricultural Development and Women’s Empowerment. World Development, 52, 1–15. World Bank. (2012). World Development Report 2012: Gender Equality and Development. Washington, D.C.: World Bank.
Descargar